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El escultor colombiano Evaristo Florez, que vive y trabaja
desde 1996 en Viena, se ha decidido por un sobrepaso de fronteras
en doble sentido: no sólo geográfica- y culturalmente
en dimensiones intercontinentales, sino además artísticamente,
en cuanto se refiere a género y técnica. Aquí
como allá se une lo tradicional con lo contemporáneo.
La escultura en su forma material objetiva acaba convertiéndose
en instalaciones y nuevos materiales "pobres" como
papel, escayola, ramas, telas y cera, como apariciones efímeras,
pasajeras con fuego o agua. Ellos resuelven la vieja continuidad
y se convierten en portadores de símbolos para la tendencia
inmanente hacia la inestabilidad y lo transitorio de hoy,
aún así siguen conservando la dignidad de monumentos
arcáicos.
Sus "performances" son poesía visual, en
la que Florez mezcla efectos teatrales y musicales con elementos
gráficos y plásticos. Describe temas como la
identidad, las posibilidades y fronteras de cercanía
humana y se dedica a la comunicación. Máscaras,
espejos y velas, así como música étnica,
clásica y música funebre subrayan la colisión
del individuo con las apariciones especificas de nuestro mundo.
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